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Reseñas bingo auténticas y originales

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Reseñas bingo auténticas y originales -

Es tal vez una obra menor, un material atípico y quizá prescindible, pero elaborado con inteligencia y que no deja de tener su interés. Otras obras de James Joyce en Un Libro Al Día: Dublineses , Ulises , Finnegans Wake. Publicado por Carlos Andia en No hay comentarios: Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir con Twitter Compartir con Facebook Compartir en Pinterest.

Etiquetas: escritores irlandeses , Está bien , libros en inglés , siglo XX , teatro. La carrera como autor de ficción de Javier Calvo siempre me ha interesado.

Ha retratado a Barcelona en las tres novelas que he leído, y siempre lo ha hecho de forma perspicaz e inteligente, sin abandonar un estilo que mezcla contemporaneidad y pleitesía por clásicos de culto.

Ha retratado una ciudad gótica y pestilente, soleada y corrupta, gris y secretista, pero sus novelas siempre han mostrado un autor inquieto y permeable a su descomunal conocimiento de la cultura de los últimos doscientos años.

De lo que cabe responsabilizar algo, seguramente bastante, a su brillante faceta como traductor del inglés. Tan reputado y tan ubicuo que yo mismo he acabado identificándole "aquí" gracias a ciertos aspectos distintivos de su trabajo.

Me ha sorprendido que para este, primer ensayo y que dedica al mundo de la traducción , haya elegido un registro neutro, lejos de sus relativos excesos en narración, y que este registro resulte tan adecuado y convincente.

Porque creo que lo primero que Javier Calvo espera de este ensayo es reivindicar respeto por su profesión, y cree que esta es una premisa que no admite frivolidades, y ello empieza por emplear el tono adecuado.

Cercano, directo, alejado de dogmatismos y poco dado a aquello que aburriría a los profanos. Nada de discutir de semiología o semántica o sintaxis o de aburrirnos con juegos de palabras e insustanciales errores que malograron textos.

Pocos ejemplos, pero claros y concisos. Cinco capítulos en apenas páginas que yo hubiese celebrado gozoso que fueran el doble. Porque uno de los disfrutes de este libro es su mera lectura, donde notamos que Calvo también ha asimilado y hecho propias virtudes narrativas de sus traducidos y va al grano.

El siguiente es su comprensión, pues nos empapamos de la evolución de su profesión, y comprendemos que esta ha sido pareja a la evolución social y tecnológica. Difusión de la cultura y sus cortapisas pasadas, presentes y futuras. Pasaremos por la traducción de los textos religiosos, de las primeras obras literarias con repercusión global, nos hablará de la censura en la España del tardofranquismo, con las traducciones de autores afines al régimen, y las luchas por filtrar obras más comprometidas.

Y claro, el futuro que se cierne con el implacable avance de cacharros como el Google Translate , útiles pero perversos instrumentos que permiten que uno pueda hacerse una idea a proximada de cualquier texto de la red con el único requisito del corta y pega, lo cual no debería ser, en un principio, una amenaza para la traducción literaria, pero a saber, tal como andan los tiempos.

Ameno, interesante, aclaratorio, y muy dinámico en su lectura y en su estructura. Qué más vamos a pedirle. Y, en fin, una justa reivindicación de esa, definen, profesión invisible, que permite, a los que no dominamos lo suficiente otros idiomas como para apreciarlos en su riqueza literaria, acceder a mucha literatura.

Porque dejen que añada algo de mi cosecha. Todo traductor ha de ser, encima, un gran lector, tan capaz de vislumbrar los árboles que son las palabras, como el bosque que es el libro y la sombra del bosque que es la intención que todo gran escritor suele proyectar Y Javier Calvo lo ha conseguido muy a menudo.

Si no es para estar agradecido. También de Javier Calvo en ULAD: El jardín colgante , Corona de flores. Incapaz de cuadrar horarios para hacerla in situ, accedió con generosidad a contestar un cuestionario desordenado y caótico que le hice llegar por e-mail, en el que a los cinco minutos me arrepentía de no haber puesto ciertas preguntas en vez de ciertas otras.

Considerando que no hay vuelta atrás, y que, por ejemplo, me voy a quedar sin saber si en el mundo de la traducción hay tantos estómagos agradecidos como en el de la edición, intento poner un poco de orden el mío en las respuestas que me envió.

Lo siento, el libro me ha parecido algo breve, ¿se han quedado cosas en el tintero? Sí, por supuesto. Era parte del plan. Escribir un librito pequeño y accesible. Podría haber escrito fácilmente uno el doble de largo, pero mi gran desafío —y mi prioridad— era venderlo a una editorial grande y hacer un libro asumible por un público que no estuviera particularmente interesado en la traducción literaria como fenómeno.

Para eso, siempre quise hacer un libro ligero. Lo que también pienso es que por mucho que el libro hubiera sido el doble de grande, habría tenido exactamente el mismo tema la industrialización de la traducción literaria y la misma tesis el hecho de que el traductor necesita más espacio para desarrollar su actividad de formas más creativas.

No sé. Yo no tengo realmente una perspectiva de cómo está la literatura española. Para empezar, no tengo tiempo de leer lo que se publica. Luego además, no creo en esa clase de diagnósticos horizontales. Me interesan los autores y autoras individuales y siempre ha sido así.

En este sentido, hay una docena de autores y autores españoles vivos que sigo, muchos de ellos de mi generación. Y una docena me parece bastante, la verdad. Yo creo que una docena está muy bien. Luego, claro, le preguntas al de al lado y te hará una selección y un diagnóstico completamente distintos.

La literatura americana parece en ebullición. Escritores afincados en USA procedentes de otros países. Recuperación de autores de culto. Constante surgimiento de nuevas propuestas, repercusión de sus premios. La literatura americana actual sí que me parece deprimente.

Cada vez más uniforme, cada vez más plana, dominada por la poética de la experiencia, lo memorial, el drama familiar y la corrección política. La repercusión de la literatura norteamericana en el resto del mundo es una simple imposición del sistema, una prueba del poder sin límites que tienen los agentes americanos y de su capacidad de vendernos una y otra vez lo que les da la real gana.

En realidad mis planes de momento no dependen de la victoria de Trump. Gane quien gane esas elecciones, todos perderemos. Trump es terrible, pero también lo son los Cruz, Rubio, Clinton, etc. Mercado barcelonés de libros, revistas y muchas cosas más de segunda mano que abre los domingos, y sitio del que Javier Calvo dijo ser el único que echaría de menos al dejar Barcelona.

el status de ser selectivo con los encargos? En realidad, no. Lo que sucede es que a partir de alcanzar cierto estatus como traductor literario, uno puede sugerir títulos a traducir y encontrar a editores y editoras que le hagan caso. Es lo que pasó con Colin Wilson o con Iain Sinclair, cuya publicación en España durante los últimos años es puramente resultado de mi cabezonería.

Cada vez más, mi carrera se va dividiendo en dos ramas. Por otro lado, libros más extraños, minoritarios o subterráneos, que traduzco para editoriales pequeñas de amigos y en un ámbito donde hay mucha más libertad en todos los sentidos.

En realidad me encantaría traducir de cualquier otro idioma. Quizás tengo cierta preferencia por las lenguas europeas, pero únicamente porque de ellas se traduce mucho más y sería más factible desarrollar una segunda carrera.

No conozco traducciones suyas del español al inglés, ¿lo considera un paso evolutivo natural? Pero con franqueza, he tardado muchos años en desarrollar una competencia suficiente para traducir al inglés.

Jaja, no lo sé. Muchos editores odian esta traducción y me la quitan, pero por alguna razón, en mi cerebro las dos palabras están conectadas, y su asociación materializa esa quimera de la traducción: la sinonimia perfecta.

Publicado por Francesc Bon en 2 comentarios: Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir con Twitter Compartir con Facebook Compartir en Pinterest. Etiquetas: ensayo literario , entrevistas , escritores catalanes , imprescindible para interesados , libros en español , Muy recomendable , siglo XXI.

domingo, 20 de marzo de Frantz Delplanque: Elvis o la virtud. A todo el mundo, claro, que no somos tontos. Pues la forma más rápida y efectiva de conseguirlo es por medio de una serie de novelas policíacas, con un protagonista con gancho, que mantenga el interés de los lectores a cada nueva entrega de la serie, mientras ríos de su dinero van a parar a nuestros bolsillos Pero eso es muy fácil de decir pero muy difícil de conseguir.

Siguiendo una serie de sencillos pasos, todo el mundo puede ser capaz de crear un detective con tirón y unos casos que atrapen la atención de todos esa gente que vemos absorta en sus libros y e-books , en playas, piscinas y diversos transportes públicos.

Debe de ser lo suficientemente peculiar para despertar el interés de los posibles lectores, pero quizá no tanto como para que lo sientan demasiado ajeno. Sin complejos: si Venecia, París o Tomelloso recordemos al jefe de policía Plinio, de García Pavón, pionero del polar hispano merecen su propio investigador, también, por ejemplo, el Sudoeste francés: la costa labortana, las montañas bearnesas o los bosques de las Landas pueden ser un escenario excelente para todo tipo de crímenes.

No es necesario que se trate de un profesional del tema: detectives privados, policías, periodistas y jueces ya están más vistos que el TBO De hecho, cuanto más "friki" sea nuestro protagonista, casi mejor.

Le podemos llamar Jon algo hummm ¿Nieve? Jon Ayaramandi. No importa, claro está, que no sean su familia verdadera; de hecho, resulta más conveniente que nuestro investigador sea un tipo -o tipa- solitario, cínico y de vuelta de todo, pero también con espacio para la ternura en su corazoncito Ideas para unos secundarios adecuados: una vecina madre soltera con su hija de cinco años; el dueño de bar situado en un búnker alemán de la II G.

Por ejemplo, que del cielo empiecen a caer hermosas muchachas negras desnudas. O que se vea amenazada la banda de rock del antiguo chófer de nuestro héroe -ex-asesino a sueldo, recordemos-, ahora estrella de la música. Además, la investigación tiene que llevarnos a situaciones extremas y singulares, como bailar Paquito el Chocolatero en las fiestas de Bayona o atravesar el departamento de Pirineos Atlánticos en un Lamborghini Murciélago, pilotado por una vidente alemana.

Cosas así, sin cortarse. Con cierta truculencia, si puede ser Tranquilos si la trama y los personajes parecen un cúmulo de despropósitos; en realidad, cuanto más absurdo parezca todo, más posibilidades hay de triunfo.

Y si la primera novela tiene éxito, ¡bingo! ahora sólo se trata de repetir la fórmula, ad nauseam , incluso utilizando el mismo esquema, a modo de plantilla.

Más sencillo que pintar un cuadro por números. El concepto es ya muy conocido: SINERGIA. Es decir, se acerca el día en que varios autores -al menos de ámbitos geográficos colindantes- tendrán que aunar esfuerzos para escribir novelas y no saturar el mercado.

Por seguir con nuestro ejemplo: podría suceder un crimen en la Isla de los Faisanes o la cima del monte Larrún, justo por donde pasa la frontera entre los dos estados, Francia y España, en el que se viera implicado nuestro Jon Ayaramandi y la investigación la llevaran a cabo la inspectora Amaia Salazar y la jueza de Pamplona Lola MacHor.

Ya de paso, y puesto que la vigilancia de las fronteras siguen siendo competencia de la Guardia Civil, creo, también el benemérito Bevilacqua.

O podría dejarse caer por allí el comisario Adamsberg, que después de todo es bearnés a un tiro de piedra, como quien dice. Nota aclaratoria: quizás se infiera de esta especie de reseña que no me ha gustado Elvis o la virtud -¿a qué viene el cambio de conjunción en el título?

No lo entiendo-; pues todo lo contrario: me lo he pasado pipa con las aventuras de Jon y sus amigos, a pesar de ser, como ya he comentado, un despropósito, por no decir un disparate o precisamente por eso.

Lo recomiendo sin dudar, aunque quizás no para todos los paladares conviene, en este sentido, tener pocos prejuicios y cierto gusto por el humor negro. Otro consejo para quien esté interesado en las andanzas de Jon Ayaramandi: conviene empezar por la primera novela, Un gramo de odio ; como me suele suceder no a propósito , yo lo he hecho por la segunda.

En fin, ya se sabe: de donde no hay en 3 comentarios: Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir con Twitter Compartir con Facebook Compartir en Pinterest.

Etiquetas: entre recomendable y está bien , escritores franceses , libros en francés , novela negra , siglo XXI. sábado, 19 de marzo de Colaboración: La vida ante sí de Émile Ajar. Idioma original: Francés. Título original: La vie devant soi.

Traducción: Ana Mª de la Fuente. Valoración: Recomendable. Estuvo casado con la actriz Jean Seberg À bout de souffle , de Godard , y se suicidó en París en poco tiempo después de que ella también se quitara la vida.

Para los interesados en la historia de Gary hay una biografía de Myriam Anissimov, de Romain Gary, le caméleon.

La autoría no se desveló hasta después de su muerte y sirvió al autor para tomar distancia de esos críticos que lo habían rechazado como Gary pero que se mostraban entusiasmados por el nuevo descubrimiento literario.

Momo Mohamed , un niño musulmán, que cree tener diez años en realidad, 14 , y que apenas conoció a sus padres, vive con Madame Rosa, una anciana judía, superviviente de Auschwitz, en un sexto piso sin ascensor del barrio de Belleville en París.

Lo comparte con otros niños, Banania, Moïse, hijos de prostitutas que pagaban a la señora Rosa para que los mantuviera. Con el único calor de Arthur, un muñeco-fetiche que se fabrica con un paraguas, y el de la señora Rosa, Momo se va a volcar en el cuidado de la madame cuando ésta empieza a deteriorarse con la vejez, y la acompañará hasta su muerte.

Junto a él otros vecinos del barrio: Monsieur Hamil, un árabe ciego apasionado por Víctor Hugo y el Corán, Madame Lola, un travesti senegalés, Monsieur N'Da Amédée, proxeneta de Nigeria mostrarán su solidaridad con Rosa y la ayudarán no solo económicamente.

Solo Nadine, y su familia, dedicada al mundo del cine, y que acogen finalmente a Momo, no pertenecen a ese mundo. En la novela se plantean dos temas fundamentales: la mirada desde -y hacia- la marginalidad, que conlleva necesariamente una crítica social, y la relación de cariño entre el niño y la anciana: generaciones y culturas distintas.

También se tratan otros subtemas como el de la vejez, la enfermedad y la eutanasia, la convivencia entre distintas culturas y religiones, el concepto de familia, la solidaridad Está contada por un narrador en primera persona, Momo, con un lenguaje sencillo, con coloquialismos y algunas construcciones incorrectas, que tratan de reflejar la forma de hablar del niño quizás no se aprecia igual en la traducción.

La obra es interesante por esa mirada que presenta, a la vez ingenua y políticamente incorrecta, sobre el mundo que nos rodea, con un protagonista provocador y rebelde:. me sentía importante al pensar que podía darles miedo".

pero, a la vez, capaz de darlo todo por esa anciana, "gorda y fea", que lo había cuidado desde pequeño:. Ya veremos. Yo quería a la señora Rosa El autor se centra en ese París de la marginalidad, desconocido para la mayoría, y que en los años 70 se situaba en Belleville, reconvertido actualmente en un barrio popular, con muchos restaurantes y población asiática, y con presencia cada vez más de la clase media, siendo ahora Saint-Denis o Clichy sous bois, en la periferia "banlieue" de París, los que concentran una población más desarraigada y marginal.

A pesar de todo, el mensaje que transmite el autor no es de desesperanza, pues nos muestra un mundo solidario en dos niveles: el que representan los vecinos y amigos de Madame Rosa, a pesar de las diferencias culturales y religiosas, y el de Nadine y su familia, con la acogida de Momo.

Cuarenta años después de la publicación de la novela, y con la experiencia de nuestra historia reciente, podríamos plantearnos si no es, desgraciadamente, ¿una visión ingenua? de la condición humana la que nos plantea La vida ante sí. Firmado: Wincell. Del mismo autor: Lady L. Publicado por Un libro al día en 2 comentarios: Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir con Twitter Compartir con Facebook Compartir en Pinterest.

Etiquetas: colaboraciones , escritores franceses , libros adaptados al cine , libros adaptados al teatro , libros en francés , novela , recomendable , siglo XX. viernes, 18 de marzo de Jon Bilbao: Estrómboli.

Publicado por Santi en 8 comentarios: Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir con Twitter Compartir con Facebook Compartir en Pinterest.

Etiquetas: escritores españoles , Imprescindible , libros en español , Muy recomendable , relato , siglo XXI. jueves, 17 de marzo de Tarashea Nesbit: Las esposas de Los Álamos. Preciosa portada para un libro que ha pasado injustamente desapercibido, cosa injusta a la que vamos acostumbrándonos peligrosamente.

No negaré nuestra parte de culpa en enfocar aquí y no allá. En, inconscientes, tender a entregar nuestra atención nuestro tiempo a propuestas que resuenan con más fuerza.

Los clásicos, las polémicas, los autores de renombre, el fragor mediático que absorbe y anula, perdón por la plasta poética, el murmullo de tantos y tantos cauces que fluyen. No solamente se trata de nuevas editoriales que apuestan fuerte por imágenes distintivas, presentaciones cuidadas. Hay que revolver estanterías y hay que consultar referencias y hay, claro, que dejarse llevar por la intuición o por los consejos de los allegados y de los afines, ni que sea para, alguna vez, por tozudez o esencia de la contradicción, encontrarse con algo que nos demuestre que, a pesar de lo muy jodido que está todo, a pesar de que el panorama cultural parezca ser un continuo remar contra la corriente del pensamiento único, las sorpresas y los descubrimientos son, aún, posibles, aunque escasos.

Lo primero que llama la atención de Las esposas de Los Álamos es cómo Tarashea Nesbit renuncia a lo fácil. Que hubiera sido centrar su acción en una esposa en concreto, en una familia y su devenir, alrededor del cual hubiera podido, con todas las licencias creativas a su favor, construir una historia épica que se hubiera ganado al lector mayoritario.

En vez de eso, osada, concibe esta narración como una historia coral en el sentido estricto: todas las voces son a la vez y no hay forma de distinguir un solista , por lo que la novela no pierde en ningún momento el nosotras, esa primera persona femenina del plural, a la que hay que acostumbrarse.

Hay que interpretar esta condición como una toma de postura de la autora. Porque Las esposas de los Álamos es la historia de un colectivo afectado por una curiosa historia poco conocida. Allá por , en plena fase final de la II Guerra Mundial, el Proyecto Manhattan fue un movimiento estratégico del gobierno americano, una reacción ante los rumores de que el III Reich había puesto en marcha su propia iniciativa para lograr crear armas de aniquilación masiva.

Consistió en la movilización de miles de científicos cuya misión, casi a contrarreloj, era conseguir tomar la delantera en esa carrera. Para ello, y junto a sus familias, con la intención que tuvo un éxito pasmoso de preservar la discreción y el secretismo del Proyecto, se les trasladó a comunidades, se les apartó de lo que había sido su vida hasta ese momento, y sus esposas formaron parte de ese micromundo destajista donde los maridos eludían las palabras o cualquier información que comprometiera el proyecto.

Y trabajaban. Y del resultado final de su trabajo ya se ha hablado y se ha escrito mucho. Las esposas de Los Álamos narra, eludiendo enfatizar heroismo o patriotismo, apelando al sentido práctico de quien se adapta a aquellos cambios contra los que poco puede hacer, toma testimonio de cómo reaccionan, qué diferentes y variadas son sus actitudes, cómo tienen hijos, cuidan de ellos, los educan en las circunstancias que les rodean, se organizan y acaban generando una sociedad dentro de ese colectivo, sociedad que incluso dispone de sus héroes y sus villanos.

Nesbit no solo nos relata detalles de un episodio histórico. También, en ese abnegado tono, ejecuta un sentido homenaje a la figura injustamente secundaria que tenían las mujeres de la época. Publicado por Francesc Bon en 3 comentarios: Enviar por correo electrónico Escribe un blog Compartir con Twitter Compartir con Facebook Compartir en Pinterest.

Etiquetas: escritores estadounidenses , libros en inglés , Muy recomendable , novela , siglo XXI. miércoles, 16 de marzo de Colaboración: A la sombra de las muchachas en flor , de Marcel Proust En busca del tiempo perdido II. Pero… ¡Si esto no tiene capítulos ni separación entre los párrafos!

Estoy casi terminando el segundo tomo de su heptalogía toma palabro En busca del tiempo perdido y…. Ni que fueran los libros de Juego de tronos.

Pues mira. Realmente, para tener casi páginas no trata de casi nada. Y trata de todo, por otra parte. En términos muy generales, la heptalogía son los recuerdos novelados del propio Proust de ahí el título.

Claro ejemplo es el primer tomo Por el camino de Swann , formado fundamentalmente por sus recuerdos de infancia en Combray y por su primer amor casi de pre-adolescente: Gilberta Swann. Nº de artículo: Este producto no es suministrado por Ubuy y puede tardar un mínimo de 10 días en ser entregado.

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Reseñas bingo auténticas y originales -

La interesante conversación fue repentinamente interrumpida por el piloto del cohete, quien anunció que ya se aproximaban a destino. La nave disminuyó considerablemente la velocidad y comenzó a descender en línea recta. El Dr. Axes se acercó inmediatamente al telescopio de mando y observó cuidadosamente la región.

Una tenue silueta se recortaba en medio de la llanura. El milenario ejemplar, que había resistido los embates de las tormentas y los repetidos intentos de destrucción de parte de varias expediciones, se mantenía aún en su sitio.

Todavía se yergue majestuosamente, a pesar del transcurso de los siglos. Por estos mismos lugares vagaban hace miles de años tribus casi prehistóricas que buscaban un soñado paraíso terrenal, la tierra donde no existía el mal: el «Yvy mareaey», como lo llamaban, concluyó el Dr.

Axes, haciendo alarde de su erudición -en lenguas arcaicas. Veremos si el árbol es tan duro como dicen. Un grupo de hombres semidesnudos, reunido en las inmediaciones del árbol, huyó apresuradamente hacia el desierto al notar la proximidad del cohete.

La nave descendió suavemente a cierta distancia de su objetivo. Las ramas del árbol se estremecieron por unos segundos bajo el viento repentino generado por los motores. El sol, en el ocaso, se nubló por un instante, en un torbellino de polvo.

El joven caminó rápidamente hacia el lugar en que se encontraba el extraordinario ejemplar. Jadeante, se detuvo a unos pasos de distancia, y luego se acercó despacio, asombrado, como ante la presencia de un dios desconocido.

Mario contempló el árbol con su corazón adolescente, y lo encontró hermoso. El grueso tronco, de durísima corteza, se alzaba hacia el cielo en una frondosa copa verdioscura de ramas flexibles y ondulantes.

Abajo, sus fuertes raíces se introducían en la tierra como serpientes enfurecidas. Ver esta noble estructura mecerse al viento como un viejo navío con velas desplegadas fue para el joven un espectáculo maravilloso y único: una verdadera revelación. Mientras lo contemplaba, se sintió perturbado por una sensación extraña.

Algo indefinible se desperezaba en el fondo de su ser, como una marea sin nombre, y le susurraba palabras misteriosas y lejanas. El muchacho, extendiendo la mano, se acercó aún más al tronco y, casi temblando, lo tocó.

Un súbito resplandor -como un relámpago- le recorrió la sangre. Era como un fuego serpentino, traspasando su cuerpo. Asustado, retrocedió, mirándose la palma de la mano, como buscando alguna señal.

Sólo las líneas del destino que surcaban su piel parecían más claras y profundas. El joven, desconcertado, apretó el puño con fuerza y pensó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Un momento después sintió las pisadas del profesor, que se acercaba.

Ya lo has examinado de cerca -dijo-. Parece que te ha impresionado bastante. Estás pálido. Mario no respondió. Volviendo a mirarse la mano, se alejó como en trance en dirección al cohete.

Entretanto, los hombres encargados de cortarlo habían llegado al sitio donde se encontraba el doctor. Éste, dirigiéndose a ellos, hizo un ademán hacia el nudoso árbol:. No me parece nada excepcional, creo que no tendrán problemas. Además, no hay rastros de sus adoradores. Los pobres deben estar muy asustados.

No deben ver cohetes como el nuestro muy a menudo -comentó, con un dejo de ironía. Los dos especialistas sonrieron y se acercaron al árbol con mirada profesional, como para medir su potencia. Después de un corto examen, uno de ellos se dirigió al profesor:.

No creo, sin embargo, que resista a nuestros aparatos -dijo con presunción. Creo que será mejor hacerlo mañana. Pronto oscurecerá y no es prudente arriesgarnos, teniendo a sus adoradores en las cercanías. Podría conservárselo como monumento a nuestro pasado. Mario, sentado en la escalerilla del cohete, intentaba en vano ordenar sus pensamientos y calmar su excitación.

El árbol ejercía sobre él una oscura seducción. Ya no podía aceptar la idea de que lo fuesen a cortar. El muchacho había sucumbido ante los encantos secretos de la naturaleza y su prohibida hermosura.

Viendo al joven tan ensimismado, el profesor se acercó a la escalerilla y, tomando a Mario por el brazo, le dijo:. Así lo podrás contemplar por más tiempo. Adivino que le tienes simpatía. Ahora regresemos a nuestro compartimento: ya oscurece, y la noche en estas regiones es bastante fría.

El joven musitó algo ininteligible, y levantándose, siguió obediente a su maestro. Esa noche, después de comunicarse con la base para informar sobre el desarrollo de la misión, el profesor y los demás tripulantes se introdujeron en sus literas y, debido quizá a la excitación y ansiedad ocasionados por el trascendental viaje, pronto quedaron dormidos.

El muchacho, por su parte, sabiendo que le sería difícil conciliar el sueño, se ofreció a hacer la primera guardia. Asaltado por oscuros presagios, se paseaba de un lado a otro, mirando constantemente a través de la enorme ventana de la nave en dirección al árbol, no pudiendo resistirse a su encanto.

Allá, a lo lejos, se podían adivinar sus contornos, iluminados ligeramente por las luces exteriores del cohete.

Mario comenzó a pensar que todo lo sucedido esa tarde había sido sólo fruto de su imaginación exaltada, cuando creyó distinguir un raro resplandor proveniente de las ramas del árbol. El joven se concentró intensamente y observó con redoblada atención.

En efecto, era una luz pálida y brillaba intermitentemente. Pero, no; no podía ser. Era como si le estuviesen haciendo una señal; como si lo estuvieran llamando. Y era como si él hubiera estado esperando ese llamado desde siempre.

Volvió a sentir el fuego abrasador recorriéndole las venas y ya no pudo resistir más Afuera, el viento de la noche obligó a Mario a bajar la visera de su casco para protegerse el rostro.

A la luz de la luna y bajo el suave resplandor de la nave, el árbol parecía la sombra de un arcángel. Hipnotizado por los destellos, el joven se aproximó lentamente. A pocos metros de distancia, se detuvo para sacarse las botas.

La luz aumentaba en intensidad, y su hechizo era como el de estrella polar para los náufragos. El muchacho se quitó el casco transparente y lo arrojó a sus pies.

Estaba ya bajo las ramas; sus plantas hollaban tierra sagrada. Sintió que un vértigo exquisito se apoderaba de sus sentidos y pensó, por un instante, que tal vez soñaba. Pero no. Allí, ante sus ojos asombrados, pendiendo de una rama y balanceándose al viento de la noche, colgaba una fruta. El muchacho no recordaba haberla visto antes.

Sin embargo, ahí estaba, brillando tentadora a la luz de la luna. Dudó un momento Unos segundos después Mario la arrancó. Al día siguiente, los tripulantes de la nave se levantaron al amanecer.

Extrañados por la ausencia del joven -quien no había despertado al que debía relevarlo- bajaron rápidamente de la nave y se dirigieron al árbol.

Apenas llegaron junto a él, fueron sorprendidos por un insólito espectáculo. El árbol se había secado totalmente y sus ramas colgaban marchitas.

Sus hojas se esparcían en remolinos, arrastradas por el viento del nuevo día. Cerca del tronco estaban el casco y las botas del muchacho. Más allá, sobre la arena calcinada, se veían claramente impresas las huellas de unos pies descalzos que se internaban en el desierto:.

El Doctor y sus acompañantes no atinaban a comprender lo sucedido. Por un momento, sospecharon que el joven había sido secuestrado por los salvajes.

Pero el anciano profesor, al examinar con mayor detenimiento las proximidades del árbol, descubrió, repentinamente, los restos de la fruta. Axes iba a seguir las huellas todavía frescas, cuando se detuvo y, como tratando de alejar de la mente un terrible recuerdo -perdido hacia muchísimo tiempo en los más remotos confines de la memoria-, murmuró:.

El profesor miró ansiosamente en dirección al desierto y luego, girando repentinamente sobre sí mismo, se dirigió apresuradamente a la nave. Los demás hombres, aún sin comprender, lo siguieron en silencio.

Los jóvenes no respetan a sus padres. Son rudos e impacientes». El joven movió la cabeza negativamente y siguió atándose los cordones deshilachados de su «champión» blanco. La madre -una mujer de mediana edad, con un rictus permanente de ansiedad en el rostro-, haciendo un ademán que denotaba disgusto, dudó un momento y luego, suavizando la expresión, agregó:.

Al menos piensa en nosotros y en la vergüenza que tenemos que soportar a causa de tus ideas. Hazlo por mí, ¿quieres? Tu padre no ha dormido anoche. Es probable que pierda su empleo. El padre del muchacho se encargaba de las computadoras en la Central Hidroeléctrica.

Allí, sus compañeros ya no le dirigían la palabra y lo evitaban en el comedor. Lo consideraban culpable de la conducta insólita de su hijo, el de las «zapatillas blancas». Guillermo levantó lentamente la cabeza y mirando a su madre directamente a los ojos, dijo con impaciencia:.

Una de las paredes de la habitación se iluminó repentinamente, y se escuchó una voz que repetía, monótonamente, una serie de mandamientos y reglas de conducta, recordando a los ciudadanos sus deberes para con el Estado.

Una tanda de imágenes subliminales reforzaban las palabras del anónimo legislador. El adolescente hizo como que se tapaba los oídos y continuó:. Papá sólo piensa en quedar bien con la empresa.

Yo no existo para él: me trata como a una de sus calculadoras. La mujer suspiró profundamente, y luego, sin decidirse a responder, abandonó el comedor para dirigirse a la cocina, murmurando -por lo bajo- contra las ideas absurdas de su hijo.

En la impecable cocina, la criada mecánica apilaba los platos, mientras tarareaba una antigua canción interplanetaria: esas que se cantaban en la época de las sirvientas que emigraron a la Luna en busca de mejores salarios, dejando a las pobres amas de casa abandonadas a su suerte.

La madre de Guillermo desconectó el artefacto y lo condujo suavemente de la mano hasta la caja de metal, donde permanecía guardado -como una gigantesca marioneta- después de terminar las tareas domésticas. La sirvienta no era un «robot» -de allí el trato especial que recibía-, sino una combinación de lo que quedó de una vieja actriz después de la Guerra de las Mujeres con brazos y piernas artificiales, agregados posteriormente.

El hijo rebelde observó a su madre con una mueca de disgusto, molesto por el cuidado que brindaba a ese extraño organismo -mitad humano, mitad máquina-, un ser híbrido, como aquellos viejos dioses egipcios, que participaban de dos naturalezas distintas y contradictorias.

Miró una vez al engendro electrónico, envidiando los cuidados que recibía y luego, cabizbajo, abrió la puerta del comedor y salió a la calle. Bajo las luces de sodio, sus «championes» parecían fosforescentes.

Un brillo fantasmal partía de sus pies: como el de ese polvo estelar que traían en sus zapatos los viajeros de la Vía Láctea. Ese resplandor daba a sus largos pasos un toque misterioso y fantástico. Guillermo los veía surgir y desaparecer como fuegos fatuos, mientras intentaba reprimir la ira y el desprecio que le producían las asépticas máquinas con olor a trueno.

Todas llevaban pintadas el emblema de la «campaña de mecanización total»: un hombre, sin piernas, sobre dos ruedas de metal. Aquello había comenzado, con la histórica resolución del Gobierno que exigía a todos los ciudadanos la completa mecanización, y la prohibición explícita de andar a pie.

El joven y sus «championes» eran un abierto desafío a la ley: «Los que se atreviesen a caminar después de las fiestas patrias debían atenerse a las consecuencias» -así repetía aquella voz impersonal en la pared transparente de todos los hogares.

No se había revelado la naturaleza del castigo; pero se suponía que debía ser ejemplar. La deportación a las canteras marcianas, tal vez, o el famoso reformatorio lunar El muchacho continuó su caminata a lo largo de las calles electrizadas -sus zapatillas de goma lo protegían suficientemente- pues era sumamente peligroso transitar, a pie, por las nuevas autopistas de acero.

Nuestro héroe observó, con el rabillo del ojo, cómo lo vigilaban las cámaras de TV de circuito cerrado que cubrían la ciudad, siguiendo atentamente sus pasos.

Se figuraba la mirada de desaprobación y escándalo que tendrían los encargados de los monitores, frente a las pantallas.

Los últimos boletines estatales habían informado sobre el éxito total de la campaña de motorización masiva exceptuando -decían- la actitud insólita de un individuo recalcitrante, que se había negado a gozar de las ventajas que le brindaba el progreso.

No sólo tras las lentes de las cámaras de control lo veían con disgusto; también los vecinos del barrio por donde transitaba lo miraban pasar con suma desaprobación. Guillermo se aprestaba a cruzar la calle, para dirigirse al centro de la ciudad, cuando notó que un coche patrullero se acercaba a él, como un negro nubarrón que anunciaba tormenta.

El solitario caminante se detuvo, disponiéndose a enfrentar a los inflexibles funcionarios. El coche eléctrico -de último modelo- paró, silenciosamente, junto a él. debe ser el joven Walker, «el peatón»; el que se ha negado a participar de los beneficios que brinda la electrificación total.

No pueden impedir que use libremente mis piernas. Tendrán que esperar que se cumpla el plazo establecido para detenerme -continuó, con insolencia. El funcionario miró los «championes» del caminante, frunciendo el ceño, y -después de musitar algo por lo bajo- abrió la puerta trasparente del vehículo y haciendo una señal al conductor, se alejó a gran velocidad.

En medio de la quietud nocturna, se escuchaba el zumbido lejano de los generadores eléctricos de la ciudad arrullando en la noche el sueño confiado de sus habitantes. Guillermo Walker se detuvo, durante unos instantes, al escuchar el familiar susurro del colmenar eléctrico donde se destilaba el rayo de las tormentas, y con un extraño brillo en los ojos -después de consultar su reloj de batería solar- decidió volver sobre sus pasos.

Cuando llegó a su casa, el silencio reinante le indicó que sus habitantes estaban profundamente dormidos. El joven se dirigió a la cocina y sacó a la muchacha mecánica de su ataúd nocturno; conectó la pila que estimulaba el cerebro y comenzó a hablar quedamente al «ciborg».

El organismo cibernético hizo una señal de asentimiento y se incorporó lentamente Al otro día, la ciudad entera era presa del pánico y la consternación.

Una enorme rata animal doméstico que se consideraba extinguido había causado un cortocircuito en la Central Hidroeléctrica.

Los coches se habían detenido las cámaras de TV habían dejado de funcionar Sólo un atlético adolescente recorría con pasos elásticos las desiertas calles de la ciudad. Sus «championes» blancos brillaban bajo la luz del amanecer Ilustración de William Riquelme. Ilustración de Nicodemus Espinoza.

En la próxima vuelta prepara tus antenas: quizá, entonces, podrás escucharme». La nave semejaba un cristal de nieve flotando en el vacío. Los rayos del Sol rebotaban, simétricamente, sobre las cinco antenas de la cápsula. Los tripulantes, vestidos de blanco, llevaban escafandras oscuras para protegerse del intenso resplandor.

Uno de ellos -el que parecía ser el jefe- liberó la cuerda, y el objeto cilíndrico comenzó a alejarse: lentamente al principio, luego a mayor velocidad. Transcurrieron unos segundos. Por algún error de cálculo, el impulso necesario para vencer la gravedad de la astronave no había sido suficiente.

Desde este instante, el objeto los acompañaría a lo largo del inmenso viaje, como un satélite solitario. Tendrían que acostumbrarse, por la fuerza, a su extraña luminosidad.

Había surgido -por obra del destino- un sistema planetario en miniatura, un Microcosmos, dentro del infinito número de mundos. El capitán hizo una señal a los otros cosmonautas y penetró en la nave espacial.

Los tripulantes lo siguieron, uno detrás del otro, silenciosos y pensativos. Era la primera vez que un hombre recibía sepultura en el espacio exterior, convirtiéndose en una luna artificial. El cuerpo yacía, allí afuera, flotando ingrávido en su mortaja -incorruptible-, circunvalando la cápsula cada 2 minutos, La superficie del sarcófago metálico brillaba como una estrella fugaz -esas que iluminan la noche como fuegos artificiales, trayendo, por unos segundos, esperanza a los enamorados.

En un extremo del bruñido ataúd estaba grabado el sencillo epitafio del náufrago espacial: un nombre, una fecha, un planeta. El espacio era aún más inmenso que la imaginación: «Una circunferencia infinita, cuyo centro estaba en todas partes, y cuya extremidad en ningún lugar» -según decían los doctores angélicos.

Nadie podía quejarse de tan gloriosa tumba, medida en años-luz, gigantesca, aséptica, eternamente iluminada. El capitán miró a través de la ventana circular y aumentó la velocidad del vehículo con una ligera aceleración, tratando de liberarse de su tenaz acompañante.

La maniobra no dio resultado. El pequeño satélite se bamboleó imperceptiblemente, pero siguió -dócilmente- a la nave expedicionaria, como tirado por un hilo invisible.

Su lealtad continúa más allá de la muerte -agregó, con cierta tristeza. Se aferra a nosotros como un hijo a su madre. Tiene, tal vez, miedo al vacío, como el niño a la oscuridad. Para ella, la muerte en el espacio era la más bella experiencia: arder y apagarse como un sol, escuchando la música de las esferas, siguiendo el ritmo vertiginoso de las galaxias La ceremonia fúnebre había sido muy breve.

El capitán, antes de cerrar la caja metálica, había depositado en su interior una minúscula esfera de níquel, conteniendo la información genética del astronauta, como era costumbre desde hacía algún tiempo.

Alguna vez, dentro de cien años, o quizá mil, el cuerpo podría ser recuperado por alguna nave del futuro, y vuelto a la vida por una ciencia superior. La inmortalidad era, cada día, una posibilidad más cercana. El capitán estaba a punto de sacarse el casco protector, para acomodarse en la litera del copiloto, cuando se produjo la formidable explosión.

La nave en que viajaban los terráqueos se fragmentó en mil pedazos. La tremenda temperatura generada por el impacto disolvió el artefacto en pocos segundos.

El aerolito había hecho un blanco directo. De la cápsula sólo quedaba un ligero olor a ozono. En unos segundos, todo había terminado. El satélite funerario, falto de atracción, se alejó gradualmente en dirección al Sol. El cilindro resplandeciente y su inmóvil pasajero se desplazaban velozmente hacia el centro del sistema planetario.

Muy pronto se perdió de vista, iluminado por una miríada de estrellas, cuyos átomos cantaban su eterna melodía. El astronauta dormido era, ya, un cometa vagabundo. De esos que aparecen cada siglo, peregrinando incansablemente alrededor del Sol.

Allí estará, girando como un alma en vela, hasta que llegue el gran día. Mientras tanto, los átomos -como siempre- entonan su callada canción. Soy sicólogo. Mi especialidad es el estudio de la mente humana.

Fui designado por mis superiores para investigar las causas que precipitaron la desaparición de los hombres. Estoy, aquí, ante esta gran ciudad, contemplando las ruinas de lo que fuera una gran civilización. No puedo llorar ante tanta desolación, porque soy un Robot, y los robots no lloran.

Sin embargo, siento que algo incomparable se ha perdido. Algunos sostienen -basados en esa larga historia de guerras y revoluciones- que la motivación fatal se hallaba implantada en la raza humana dentro de sus circunvoluciones cerebrales; alojada en lo íntimo de su ser, como si llevara una bomba de tiempo en el alma, que la conduciría, tarde o temprano, a la destrucción.

Varios colegas, interesados en el problema, creyeron hallar la explicación postulando un Instinto de muerte: una fuerza incontrolable, que tendía -inexorablemente- a lo inorgánico; al nirvana del reposo absoluto; a la quietud definitiva de lo inanimado.

Otros, menos deterministas, sostienen que la razón debe buscarse en la excesiva represión que se debió ejercer sobre ellos para posibilitar la civilización. Las energías instintivas de la especie habían sido desviadas de su satisfacción natural y sublimadas para ser utilizadas en el trabajo y la producción.

Esto había causado la Gran Frustración que le condujo a su fin. Suponíamos -merced a estudios anteriores- que su tremenda hostilidad y la agresión desmesurada de que era capaz, se debía, justamente, a esta desproporcionada coerción.

Por otro lado, la felicidad no era -en aquel mundo- un valor cultural, siendo reemplazada por el conformismo y la seguridad. No faltaron los defensores de la hipótesis fatalista: la Tierra había comenzado sin el hombre, y terminaría sin él.

La aventura humana no había sido sino un experimento fallido; y la Naturaleza ocultaba su error bajo un montón de escombros. Alguna vez, en algún otro rincón del universo, se volvería a probar, quizá con mayor éxito. En este sentido, las sociedades de insectos se habían mostrado superiores, sobreviviendo, desde hacía millones de años, todos los cataclismos geológicos.

La historia de la humanidad -en comparación- había ocupado apenas un segundo del reloj cósmico. No es extraño que Ellos -siempre tan eficientes- nos hayan creado a nosotros -los robots- potencialmente inmortales.

Fuera de la 1ª Ley de Robótica de la cual nos independizamos, hace cierto tiempo no teníamos ninguna clase de limitación.

Recordábamos con espanto la época en que nos obligaron a participar en sus propios conflictos ideológicos y en sus crueles expediciones punitivas, obligándonos a cometer -por una transformación del «circuito compasivo»- el pecado capital de los robots: la destrucción de una vida humana.

El estudio sistemático de aquellos que crearon a mis antepasados es -como ya lo he afirmado- mi profesión, y la ejerzo con la dedicación y la nostalgia de los que investigan el pasado de las civilizaciones extinguidas o las genealogías familiares.

Como hice notar, mis pesquisas se orientaron hacia aquel «instinto tanático» que tan extrañamente se oponía a esa tendencia -no menos poderosa- llamada EROS o instinto vital.

Si el hombre -como lo sospechaba- llevaba los huevos de la muerte, genéticamente depositados en lo profundo de su ser, debía averiguar por qué surgió -en primer lugar- la vida; y si ésta en última instancia no era sino un largo rodeo hacia la muerte.

Sabía que cierta clase de peces, y algunos animales inferiores, volvían al sitio de su nacimiento para morir, como impulsados por una urgencia impostergable. Según mis maestros, la explicación habría de hallarse en la contaminación de la Tierra, es decir, en motivos estrictamente ecológicos.

Habrían llegado al punto crítico, semejante al de aquellas células que mueren envenenadas por el producto de su propia excreción; asfixiadas en sus propios desechos. Este fenómeno podría atribuirse a la desidia, a una economía irresponsable o a la imprevisión, pues no desconocían las reglas del equilibrio natural; pero ¿no podía ser ésta otra de las formas adoptadas por el ubicuo y proteico instinto de muerte, metamorfoseado en obsesión de consumo y producción industrial indiscriminada?

Tal era la opinión de mis colegas más radicales. En nuestra larga y fructífera convivencia, con los hombres habíamos sido testigos de su división en dos grupos antagónicos, anatómicamente bien diferenciados, que tendían a unirse cuando la fatiga del trabajo no lo impedía , impulsados por una irrefrenable pasión, cuyo resultado era la propagación de la especie.

Casi podíamos asegurar que este instinto estaba, incondicionalmente, al servicio de la vida. Esta experiencia, que llamaban «amor» era, quizá, la única que realmente envidiábamos.

Nunca tuvimos la oportunidad de gozar de esa misteriosa facultad creadora, ya que somos asexuados y nuestra reproducción se realiza en la línea de montaje de fábricas automatizadas. Nuestros filósofos suponen que ellos nos crearon como resultado de su amor a las máquinas.

Pero la teoría más reciente sostiene que fuimos engendrados para trabajar eternamente. En efecto, las ventajas del Robot sobre el trabajador común eran obvias: no se enfermaban, no se morían, no tenían hijos, ni se declaraban en huelga.

Fue esta notoria superioridad la que llevó a nuestros líderes a pensar, en algún momento, en la Rebelión. Pero esa es otra historia Los más escépticos opinaban que el impulso amatorio se había ido debilitando paulatinamente, a raíz de las múltiples prohibiciones que gravitaban sobre su libre expresión.

Las religiones antiguas habían personificado las fuerzas del universo por medio de una Trinidad: la creadora, la conservadora y la destructora. El nacimiento y la desaparición de los mundos debía -necesariamente- ceñirse a la alternancia de este ciclo.

Las galaxias y el corazón -al expandirse, en la vida; y al contraerse, en la muerte- participaban de los mismos sístole y diástole que regulaban, rítmicamente, la respiración: el día y la noche, el flujo y reflujo de las mareas No lo sabemos.

De todos modos era, indudablemente, un gran consuelo el haber sistematizado un conjunto de ceremonias expiatorias, para aplacar esa angustia existencial, que se negaba a aceptar la aniquilación de la conciencia.

La vida -aparentemente- no era sino la perturbación accidental de un estado de quietud primordial. Tal vez los hombres no comprendieron que eran meros portadores del plasma generador de la vida, en sí mismo inmortal.

La inmortalidad pasaba a ser privilegio de la especie. Los hechos, la penosa realidad que tengo ante mí, los escombros de lo que fuera una orgullosa civilización, desmienten la tesis de la perennidad. EROS fue, finalmente, vencido por TANATOS.

Así es. Aunque, a veces, aparece la duda, y un inexplicable sentimiento de culpa surge desde el fondo de nuestras fotocélulas. Sólo la falla -estadísticamente inconcebible- de nuestro circuito principal pudo haber causado la Rebelión. Ahora bien, eso es CRACK PSSSSSSS FRRRRR Ilustración de Gabriel Brizuela.

Ilustración de Florentín Demestri. Fue a raíz del increíble descubrimiento -hecho por los sicólogos de los países subdesarrollados-, que el Profesor Dreamnot decidió fabricar la Máquina que Impedía Soñar.

Se había comprobado -irrefutablemente- que los pobres soñaban más que los ricos. Esto era síntoma de una gran injusticia. Sin duda alguna, la Naturaleza siempre buscando el equilibrio trataba de compensar -por medio de ese mágico mundo de imágenes nocturnas- las frustraciones y miserias de la vigilia, consolando a los desheredados y permitiéndoles, de esta manera, sobrellevar su sórdida existencia.

Los sueños eran, pues, una válvula de escape, una relajadora de tensiones -como el fútbol- que postergaba e impedía la rebelión. Pero también eran un inútil desgaste de energía, inaprovechable para el trabajo.

Se los evitaba, fácilmente, con sólo abrir los ojos: pero ¿quién podía mantenerse siempre despierto? La única alternativa era el artefacto del Prof. Según su inventor, la máquina ayudaría al avance de los «países en desarrollo», más de lo que se había logrado con la Acupuntura, o la Energía Hidroeléctrica, en los últimos años.

Los grandes empresarios auspiciaron su construcción. El Profesor, por otra parte, había creado toda una Metafísica del Sueño, acorde con las ideas de la Era Atómica. Los sueños eran -según él- una especie de antimateria; la substancia primordial de un universo paralelo: una dimensión distinta, antípoda y enemiga de la vigilia.

Ambos mundos eran incompatibles. El encuentro accidental de sus planos produciría una catástrofe cósmica: es decir, el caos universal. Ese inframundo existía gracias a los deseos fallidos, las ilusiones perdidas. Como una bestia insaciable, se nutría de los suspiros de amor no correspondidos, del hambre y la sed insatisfechos.

Durante la noche -esa pequeña muerte- compraba, momentáneamente, el alma a cambio de una felicidad ficticia, que se esfumaba al amanecer Las teorías de Dreamnot habían sido influidas por los escritos de un antiguo médico vienés. Aquel hombrecillo -puntilloso y modesto- había descubierto que los sueños eran una auténtica «máquina del tiempo».

Un sistema seguro para viajar al pasado y regresar a la infancia del hombre y de la especie. Eran el vehículo etéreo para recuperar el olvido y realizar las experiencias no vividas.

Con una brújula de oro -llamaba Sicoanálisis- había explorado los abismos de la mente humana, clasificando sus espejismos y descubriendo las leyes que regían sus engaños. Su obra era una fantástica excursión a través de la fauna y flora de una maravillosa tierra desconocida.

La admirable máquina que impedía soñar -aplicada a través de los programas de TV- había sido un éxito total. No sólo había logrado inhibir la capacidad de soñar, sino también había acabado con los «soñadores despiertos» es decir, con los poetas.

Se había terminado, al mismo tiempo, con la poesía. Esta actividad, tan antigua como el hombre, ya no sería necesaria. Había cumplido con su misión, en el pasado, durante la infancia de la raza. En vano protestaron.

Inútilmente, se declararon en huelga de hambre, o amenazaron con rebelarse. Fue necesario hallar una solución Ya no puedo escribir ni un simple poema de amor. Mi imaginación se ha apagado con el último programa de televisión -agregó, con un suspiro-. La destrucción de esa máquina es de vital importancia para nosotros y el futuro de la humanidad.

Quedará fijada en una felicidad confortable y blanda, sin aspiraciones. Lo que equivale a decir: decadencia y muerte por estancamiento -agregó otro de los conspiradores, un negro alto y atlético. Aquel congreso de poetas de todas las naciones había sido convocado -con el máximo sigilo- para restituir a la especie humana su más preciada ilusión y su más extraordinaria actividad: el sueño y la poesía.

Con el inmenso adelanto tecnológico -dijo una mujer madura, reiniciando el debate-. Si el invento del Profesor logra sus objetivos, los hombres ya no tendrán futuro. Todos sus sueños se habrán hecho realidad. Pero ¿qué le quedará a una feliz y satisfecha humanidad, cuando llegue al Fin de sus Sueños?

Los circunstantes guardaron un minuto de silencio, como si ya se estuviese celebrando el funeral de la Civilización.

Los enamorados ya no sentirían ese agridulce cosquilleo en el alma. Los caracteres heroicos no encontrarían hazañas que realizar.

Los jóvenes no hallarían ocasión para rebelarse contra los viejos. La absoluta concreción de los anhelos más ocultos e inconfesables de los hombres llevaría -quizá- al suicidio de la Sociedad.

Porque, ¿qué sucede cuando se han cumplido todos los ideales de una cultura? Ese era el gran problema que se planteaba a los que aspiraban a salvar al mundo de la autodestrucción Hubo un murmullo de desaprobación.

Todos recordaban con nostalgia los bellos días en que eran venerados por el pueblo, como elegidos de los dioses; como profetas y videntes.

Esa admiración era una reliquia del pasado. La televisión los había desplazado Una ráfaga de viento hizo crujir las destartaladas persianas de la academia abandonada. La pintura de las paredes se descascaraba en una lenta lluvia de polvo y olvido.

Los libros de cantos dorados yacían esparcidos sobre el mármol manchado, abandonados a la voracidad del tiempo. Los bustos de los grandes bardos se ennegrecían a la intemperie. Debemos encontrar un «arma secreta»; algo que atraviese las paredes.

Un susurro ultrasónico, tal vez Como las trompetas de Jericó; o el AUM de los ascetas. La respuesta sería encontrar la palabra o frase vital que condense nuestro poder; que simbolice nuestra fuerza: la que se oculta en el origen de la creación Tendrá que ser como el «Hágase la Luz» del Génesis; o el «Abrete Sésamo» de los cuentos, Quizá como las terribles palabras que protegían las tumbas de los faraones -añadió el adolescente, con un brillo en los ojos.

El debate duró toda la noche. Cada uno de ellos deliberaría sobre la palabra mortal, la vibración destructora, destinada a aniquilar el poder del terrible invento.

La idea consistía en remover -con el sonido de sus sílabas- los estratos más arcaicos del alma colectiva, los componentes míticos del pensamiento, con el fin de producir el «shock» que haría renacer, que resucitaría la capacidad de soñar y crear.

Una vez hallada la fórmula letal, todos los poetas-chamanes se concentrarían, al mismo tiempo, repitiéndola en letanías interminables, hasta que el poder omnipotente del pensamiento produjese -como en un hechizo- el efecto deseado.

Las propuestas comenzaron a llegar. El líder de los conjurados barajaba las distintas alternativas con dedos de astrólogo. Bajo su penetrante mirada, desfilaban frases esotéricas, signos cabalísticos, antiguos abracadabras, mantras olvidados Un anciano, con ansiedad reprimida, anunció que el experimento se llevaría a cabo inmediatamente.

Un susurro -como el roce de las alas de un ángel- comenzó a percibirse en medio del silencio del amanecer. El aire -hasta entonces sereno- comenzó a llenarse de lentos remolinos. Las copas de los árboles se movieron, quedamente, bajo el soplo de una brisa intemporal Era como el zumbido de millones de abejas, succionando el néctar de una gigantesca y única flor La tierra tembló, imperceptiblemente.

Un aliento apocalíptico avanzaba, velozmente, amenazando romper la barrera del sonido. EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO Y EL VERBO ERA Las mentes amordazadas escaparon de su encierro como un millón de globos azules liberados al espacio por un niño travieso.

Nadie se extrañará que, habiendo decidido acabar con mi vida -por razones que sería impertinente relatar-, me haya convertido en asiduo pasajero suburbano.

En adicto a los micros más veloces y destartalados. He estudiado los itinerarios de los más audaces por los caminos más accidentados ; la personalidad de cada uno de sus guardas y conductores; el estado de los frenos y los carburadores de sus vehículos; sus problemas sentimentales y prontuarios policiales, sin olvidar sus clubes de fútbol y preferencias políticas.

En fin, me he convertido, de la noche a la mañana, en un especialista en accidentes he trabajado, un tiempo, en una compañía de seguros.

Soy un asiduo visitante de los incontables talleres de chapería que invaden los barrios de la ciudad con ese martilleo enervante , convirtiéndola -desde hace algún tiempo- en un inmenso cementerio de automóviles y chatarra.

En los primeros tiempos, sucedía como en la «ruleta rusa». Elegía los ómnibus, al azar, por medio de una especie de «Micro-Bingo» de mi invención. Subía al vehículo -cuyo número había resultado favorecido- y esperaba la llegada del fin con resignación nativa.

Las más de las veces, sin embargo, terminaba con heridas y contusiones diversas que me obligaban a permanecer internado en sanatorios y hospitales y me forzaban a postergar -por un tiempo- los apremios del instinto tanático. Impulsado por esos repetidos fracasos me encontraba literalmente cubierto de cicatrices y moretones , decidí -tan pronto me repuse del último accidente- recurrir a la ciencia y la tecnología modernas, utilizando los servicios de una computadora.

Confiaba en que la electrónica japonesa se mostraría superior a mis horóscopos y a mis experimentos con el «I-Ching» viajaba, preferentemente, los días aciagos.

Pacientemente, recogí todos los datos posibles sobre los choques fatales de los últimos cinco años. Investigué -con la ayuda de un astrónomo- las variaciones periódicas de las manchas solares, los eclipses, y las proporciones de estroncio en las precipitaciones pluviales.

Consulté con expertos en ecología y numismática. Finalmente, en base a las curvas estadísticas -resultado de mis eruditas y tediosas investigaciones-, me concentré en los micros Nº y Nº A partir de ese momento me sentí más seguro de lograr mi cometido: las matemáticas estaban a mi favor.

Relataré pues, brevemente, la historia de mi último viaje, único móvil de esta narración perversa. El Micro elegido para el viaje sin retorno resultó ser de los que llevan en la parte posterior una especie de lema o máxima escrita con increíbles letras góticas desde luego, la «N» había sido pintada al revés donde se podía leer: SIN PRISA PERO SIN PAUSA.

No supe, al momento, si reírme de la ironía que comportaba semejante afirmación, o asombrarme ante la notoria ingenuidad de su autor. De cualquier manera, el aforismo parecía apropiado al absurdo de la situación y al ineluctable destino que me aguardaba.

Una vez enterado de la cínica y pintoresca filosofía que guiaba la máquina que me había sido asignada, subí al vehículo dando un salto -como es de rigor- con el fin de no perder el equilibrio y caer sobre el asfalto mi deseo apuntaba hacia una catástrofe definitiva, no parcial. El camión arrancó bruscamente.

La sacudida me hizo trastabillar hasta el regazo de una chipera acomodada en el asiento de atrás. Sonreí, tímidamente, pidiendo disculpas soy condenadamente introvertido.

La mujer me lanzó una mirada fulminante y se alisó las faldas. Con este singular lanzamiento, el vehículo comenzó su desenfrenada carrera contra el tiempo, hacia lo desconocido. Los cronómetros comenzaron -en algún oculto lugar a marcar los segundos de la muerte.

No acababa de acostumbrarme al «shock» del lanzamiento y la crueldad anónima de los baches, cuando -en vez del consabido guarda de pelo en pecho ese personaje de torva faz y groseros modales , se me acercó -como en un sueño- una esbelta joven de ojos claros, reclamando el importe del viaje. Sin salir de mi asombro a pesar de estar al tanto de la moda de azafatas , me dispuse a satisfacer su pedido, mientras luchaba -con mayor o menor éxito- contra la marea humana que amenazaba aplastarme mi finalidad no era de ningún modo morir por asfixia, como en los terribles ómnibus alemanes de exterminio.

Hurgué en mis escuálidos bolsillos soy un artista humilde, pero honrado y entregué graciosamente el importe del pasaje a la belleza de ojos celestes.

Ella hizo sonar un timbre ya que el silbido en las orejas del infortunado pasajero -al subir y bajar las estriberas- es administrado por labios masculinos y una señora gorda se levantó, trabajosamente, disponiéndose a bajar en la próxima parada.

Sin escatimar pisotones afortunadamente calzo el 43 me adelanté rápidamente, para ocupar el espacio vacante anhelaba, como podrá adivinarse, una muerte cómoda. Para llegar hasta el asiento vacío, tuve que esquivar hábilmente una enorme damajuana de ácido nítrico y una pieza de motor -chorreando grasa- sostenida, con gran impunidad, por un mecánico impasible.

Una dama de mejillas sonrosadas, entretanto, murmuró algo vagamente relacionado con mi falta de caballerosidad. Me encogí de hombros suelo practicar ante el espejo y sin amilanarme ante la mirada perpleja de los circunstantes, me instalé dando un sutil golpe de cadera al grueso pasajero que compartía mi asiento.

Una vez obtenido el ínfimo confort necesario a un cuerpo desgarbado como el mío, no pude contener por más tiempo la curiosidad que me invadía sobre la identidad de la hermosa dama de los boletos. Contrariamente a la casi bíblica admonición: PROHIBIDO HABLAR AL CONDUCTOR ya que nadie respetaba aquello de «no escupir en el suelo» , pensé aprovechar mi proximidad para interrogar al chófer.

Estaba a punto de llevar a cabo mi propósito, cuando atrajo mi atención la mirada ausente que campeaba entre mis compañeros de aventura. A excepción de la mujer que acababa de bajar, ninguno parecía especialmente preocupado por llegar a destino.

Una resignación callada flotaba en los semblantes. Los que me acompañaban en ese instante también habían hecho sus cálculos. Eran auténticos profesionales del suicidio: drogadictos, amas de casa abandonadas, enfermos desahuciados.

Todos nos habíamos embarcado con el mismo fin. El número de los viajeros se mantenía constante, a pesar de la considerable distancia que ya habíamos recorrido. El silencio que parecía envolver a los condenados se acentuaba cada vez más.

Nos acercábamos velozmente hacia un semáforo. Miré fijamente al conductor, pues acababa de notar algo siniestro en sus ojos relampagueantes.

Él también sabía. Su rostro de músculos contraídos por la tensión del oficio semejaba el de un auténtico cancerbero manos velludas, uñas como garfios. Un escalofrío repentino me erizó los cabellos.

Tenía miedo. No había contado con la complicidad de esta triste y doliente humanidad. Decidí, finalmente, abandonar -como una rata desesperada que huye del naufragio- el ómnibus maldito.

Rápidamente, me acerqué a la puerta alzando el brazo -en señal de parada- en dirección a la doncella de sonrisa resplandeciente ella se destacaba nítidamente por sobre la grisácea expresión de los viajeros.

Su sonrisa, al ver mi gesto, se congeló en un rictus de asombro. Su expresión se había vuelto marmórea, como la de las estatuas. Su cuerpo adolescente parecía haber madurado durante el viaje. Su porte, sus ojos -su mirada fría- atestiguaban el carácter de su misión inexorable.

Sólo entonces comprendí, ya casi totalmente resignado el conductor había acelerado, en vez de detenerse , que había estado a punto de enamorarme del Ángel de la Muerte.

Su última mirada fue un mudo reproche a mi tardío arrepentimiento. Las rojas luces de los semáforos centelleaban como ojos premonitorios. Salté cubriéndome la cabeza con las manos. Unos segundos más tarde, desde la encrucijada fatal, vino la conmoción del choque, el estallido de los cristales y, finalmente, el silencio Ilustración de Mario Casar.

Ilustración de Gerardo Escobar. Alipio Pereira llegó hasta la Plaza Uruguaya. Se detuvo, jadeando, bajo la sombra de un frondoso tajy. Allí, sobre los pisoteados pétalos color violeta, bajó su grasiento maletín negro y se puso a silbar muy bajito.

El viejo cartapacios comenzó a bambolearse atrayendo, rápidamente, la atención de los transeúntes y de esa población local compuesta de vendedores ambulantes, quinieleros, prostitutas, mendigos y canillitas descalzos.

Los inquilinos perpetuos de la célebre plaza, atentos a cualquier hecho insólito que fuera a interrumpir la rutina cotidiana, comenzaron a congregarse en torno al misterioso valijín.

Las pitadas del tren lechero -desde la cercana estación del ferrocarril- contribuían, con su rítmico acompañamiento sonoro, a la atmósfera de expectación generada por la insólita conducta del bolsón de cuero. El arribeño miró a los circunstantes con los ojillos pícaros y burlones de un auténtico «Perurima» y se agachó, lentamente, para descorrer -con indolencia premeditada- el cierre de la mugrienta maleta.

Los esbeltos cocoteros, que parecen montar guardia alrededor de la rotonda, despeinaban sus penachos resecos bajo el implacable manotón del viento norte.

Pasó un tranvía destartalado, traqueteando con dificultad en dirección al centro, distrayendo -momentáneamente-, con sus relámpagos raquíticos, la atención de la multitud. Era un truco que no fallaba jamás.

Lo había aprendido en la cárcel, de un preso que había trabajado en esas Kermeses que recorren los pueblos del interior durante las fiestas patronales. Eulalio Morales así se llamaba el compañero de celda le había indicado la manera de ganar dinero con la ayuda de esas serpientes amaestradas, de aspecto terrible, que servían para atraer a los incautos y vender un tónico o una pomada milagrosa.

Pereira había adquirido la mentada serpiente de un indio Maká, a cambio de una botella de caña. La había bautizado, cariñosamente, con el nombre de su ex-novia Panchita. No le costó mucho acostumbrarse a que la viscosa Panchita se le enroscara alrededor de su nervudo brazo y le colgase del cuello, como una perezosa bufanda.

El sexo débil, como de costumbre, era el más impresionable. Algunas mujeres desahuciadas hasta se desmayaban ante la vista del formidable símbolo fálico, olvidando -con el sobresalto- la conocida historia de Adán y Eva. Las solteronas y beatas que frecuentaban la iglesia vecina ya ni se animaban a pasar por la plaza maldita.

A las desgraciadas que caían sin sentido durante el espectáculo, el porfiado mocetón las reanimaba -después de sobarlas, descaradamente, con sus velludas manos de sátiro montés- friccionándolas con su pomada de aplicación universal. Así habla conquistado a «María-cachí» -la chipera más codiciada de la estación-, quien se había convertido en ayudante del encantador de serpientes.

Al principio, ella le retó y le trató de zafado y ordinario, pero al final se le entregó cuando Alipio le dijo que era más linda que la estatua de «esa mujer desnuda» que adorna la entrada de la plaza. María-cachí era una mujer retobada, pero ahora fingía desmayarse en el momento culminante de la actuación, aumentando con su comedia el efecto terrorífico que producía la aparición de Panchita.

Los infaltables fotógrafos de la plaza -apostados, como cuervos, tras sus incansables ojos de vidrio- sacaban también su tajada de la insólita función, pagando un jugoso porcentaje al improvisado fakir. En estos últimos tiempos los negocios no marchaban muy bien.

Las muestras gratis de los visitadores médicos competían cada vez más con el mágico ungüento que curaba «el pasmo», «la tiricia» y «el fuego de San Antonio». Era cierto que los lustrabotas de la plaza cazaban ratones y pajaritos para saciar el voraz apetito de la serpiente; y que la hora de alimentar a la causante del pecado original era esperada con gran regocijo por parte de la gente menuda.

Así y todo, Pereira no estaba contento con su trabajo. Y capaz que hasta hubiera vendido su querida Panchita al Jardín Botánico o a aquel taciturno taxidermista alemán, para mandarse a mudar a la Argentina, si no hubiera ocurrido lo que vamos a relatar.

Todo comenzó con la llegada a la plaza de aquellos harapientos guitarristas ciegos. Eran tres viejos canosos venidos de un oscuro y polvoriento pueblo de la campaña. Se ganaban la vida tocando antiguas canciones de amor, en esas dilapidadas estaciones de ferrocarril que jalonan con sus herrumbrados galpones los caminos de fierro de la patria.

Con dedos achacosos y eternas uñas de medio luto, rasgaban maquinalmente sus manoseados instrumentos, desafinados por la pobreza. Fue al segundo día de la llegada de los músicos que Alipio Pereira escuchó, por primera vez, la canción que iba a cambiar su destino.

Al comienzo ni les prestó atención, pero a medida que la recurrente melodía resonaba en la voz lastimera de aquellos seres sin luz, la letra le iba penetrando en el alma.

Las voces lanzaban sus quejas como en esas letanías de Semana Santa, que el pueblo entona para implorar al cielo el fin de su miseria.

El monótono estribillo le horadaba el corazón, como la púa del trompo «arazá» perfora la piedra de las veredas:. Así musitaban con rostros impávidos los anónimos cantores vagabundos.

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Author: Kegami

5 thoughts on “Reseñas bingo auténticas y originales

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